No solo duelen los golpes – 1 –

Hoy escribo para desahogarme, para desahogarme después de dos años de intoxicación. Escribo para denunciar, una vez más, el machismo presente en las relaciones de pareja. Vengo a hablar del maltrato psicológico, y ni siquiera sé si esto acabará publicado o no, ni lo escribo para que quede bonito o con un toque poético; sólo vengo a desahogarme.

Durante dos años me insultaste; me gritaste; juzgaste en qué gastaba o no mi tiempo (porque sí, aunque no te lo creas, tenía cosas más importantes que hacer que estar contigo, o simplemente me apetecía pasar el día sin hacer nada, y podría haberlo hecho con todo el derecho del mundo si no fuera por esa dependencia y esa sumisión que creaste en mí); me humillaste no sólo una vez, sino todas las que pudiste; te reíste de mis opiniones cuando eran contrarias a las tuyas, con esa actitud de superioridad que te caracteriza, esa prepotencia por la cual nadie te soporta y que no sé cómo yo soporté tanto tiempo. Amenazarme se convirtió en algo habitual en nuestras discusiones, y dejar que yo sola hiciera las tareas domésticas cuando pasabas unos días en mi casa sin ni siquiera preguntar si necesitaba ayuda mientras dabas discursos sobre la reconstitución del partido comunista y sobre la liberación de la mujer también. Insistías en follar cuando yo no quería, pero claro, eso te importaba una mierda; insistías e insistías hasta que yo cedía, como si eso suponía despertarme porque estaba durmiendo, violaciones “consentidas” se llama eso. Hacer que me sintiera culpable por absolutamente todo también se convirtió en algo frecuente, y controlar todos y cada uno de mis movimientos también, hasta el punto de hacerme cortar relación con uno de mis mejores amigos para que tú te sintieras mejor, menos celoso; porque hablar de las relaciones libres es muy fácil, pero ponerlas en práctica ya es distinto, ¿no? Típico de vosotros, os embebéis de teoría y en la práctica sólo demostráis cuán hipócritas sois realmente y lo poco dispuestos que estáis a renunciar a todas las comodidades. Después estaba esa agresividad tuya, esa agresividad que hacía que en las discusiones se te encendieran los ojos, hicieras movimientos bruscos, gritaras e incluso me dieras empujones… Juro que llegué a tenerte miedo. Por miedo me callé opiniones, quejas y retrasé cada vez más mi decisión de alejarme de ti. Hiciste que me acomplejara con mi cuerpo mientras yo estaba a gusto conmigo misma, hasta el punto de casi obligarme a ir a una farmacia para pesarme y de hacer ver cuando debería estar más gorda o más delgada, como si mi cuerpo no fuera cosa mía. Me anulaste, me anulaste como persona. Intentabas hacer ver que me ayudabas a quererme más, a no ser tan dura conmigo misma, mientras que cuando sólo yo te veía hablabas de mi “minúscula personalidad” y de lo “débil” que era, e incluso eras tan buen actor como para hacer que se te escapaban un par de lagrimitas reprochándome lo poco que hacía yo por esa mierda que tu llamabas relación mientras tú te desvivías por mí. Pobrecito de ti, estabas muy ocupado en tu tarea de acabar siempre por encima de mí y tenerme bien dominada. Hiciste que me alejara de mis amigos cada vez más. Me recriminabas que cada vez perdiera más interés por la política mientras que cuando daba mi opinión sobre algo me contestabas que “hablara sólo de lo que sabía: de literatura, danza y esas cosas, pero no de política”. Me llamaste “liberal empedernida” cuando me emocioné con lo que escribió C. en su blog sobre Edu, porque me sentí identificada con ella. Pero claro, ella sólo era una burguesa que lo exageraba todo y que achacaba todos los problemas de la relación a Edu como buena feminista.

Y lo cierto es que me cansé. Me cansé de todos tus intentos de anularme, de tus juicios, de tu control, de todo. Y para colmo, después de acabar con esta mierda, viniste exigiéndome (sí, exigiéndome) explicaciones de una decisión que no tengo por qué argumentarte a ti, más aún tras todos estos hechos. “Me debes una explicación”, dijiste con ese orgullo de macho herido, dándote cuenta de que por fin me había liberado de ti, de esa persona tan tóxica e insana. Querido, no le debo nada a nadie, y menos a ti, no intentes hacerme sentir culpable porque eso ya no funciona conmigo. No te imaginas, no te haces ni una idea de lo libre que me sentí en aquel momento. Ya no me ataba nada a ti, por primera vez en mucho tiempo hacía lo que quería sin tener ningún tipo de miedo ni sentir que debía justificarme, poco a poco volvía a ser yo, me recuperaba a mí misma, a esa persona a la que había olvidado después de dos años. Comencé a leer lo que quería sin miedo a que me criticaras porque el autor de mi obra no fuera Lenin. Comencé a redescubrirme, y es una tarea que dura hasta hoy día. No me considero la persona más fuerte ni más valiente del mundo, pero lo cierto es que no has podido conmigo, con esa “minúscula personalidad”, con esa chica tan “débil”. Me ha costado, y ojalá lo hubiera hecho antes, pero por fin te he expulsado de mi vida antes de que tú acabaras con ella; porque no, no quiero tener trato con una persona tan despreciable como tú, ni siquiera como amigo o conocido. No quiero tener relación con machistas de mierda, con maltratadores; le deseo lo peor a todas las personas como tú, Alberto.

Desde aquí quiero dar las gracias a todas las personas que nunca me han abandonado, a las que me han ayudado a seguir adelante, dándome fuerzas cuando él me hizo creer que no las tenía. A pesar de las diferencias ideológicas, me habéis demostrado mucho más que cualquier comunista, y os considero compañeras (¡ahora podéis llamarme pequeñoburguesa si os place, me da igual porque soy una “liberal empedernida!).

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